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Negligé para la fiesta {Alfred}

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Negligé para la fiesta {Alfred} Empty Negligé para la fiesta {Alfred}

Mensaje por Zelda Fay Sáb Ene 10, 2015 11:09 pm



Al final habían decidido caer en el Loft. Zelda tenía que asistir a una conferencia de prensa en dos días y necesitaba disfrutar al máximo esa última noche antes de dedicarse por completo a organizar todo para su padre. Así que gastarse el alcohol del minibar y los cigarros, no resultaba mala idea. Tenía ya un rato que no compartía un momento tan a solas con Alfred pero qué más daba ya, lo necesitaba ahora más que nunca, como su amigo, como su consejero y como muchas otras cosas. Era el único que se dejaba pintar las uñas de rosa y eso ya ameritaba cierto nivel de confianza.

Abrió la puerta del departamento y, a la primera oportunidad, aventó los zapatos valiéndole mierda dónde caían. Uno incluso rompió un jarrón de porcelana. Regalo de Jeanne.

Ups… bah, luego lo arreglo. Bueno, Alfie, tenemos de dos sopas aquí, bebemos hasta quedar inconscientes, me ayudas a escoger lencería para la rueda de prensa de pasado mañana o simplemente nos vamos al cuarto y a ver qué pasa — comenzó a decir mientras se paseaba por el lugar toda descalza y contoneando las caderas.



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Mensaje por Alfred Mayer Sáb Ene 10, 2015 11:40 pm



En realidad Alfred no podía ir a ningún lugar más. O algo así, digamos que en ese estado no podía caer en su casa, porque Bruce su hermano iba a montarle toda una escena sobre las drogas, aunque era menor que él y fueran las 3 de la mañana, y no estaba de ánimos para esas boberías de niño consentido. Además quería quedarse con Zelda y ver que onda, por decirlo de algún modo - yo te llevé a la fiesta y la pasaste tan bien, tu me debes favor... así que dormiré en tu cama acolchonada y me abrazarás como a un osito de felpa, en este invierno frío. - Así la había jodido todo el camino, desde la salida del bar hasta que tomaron un taxi, y luego llegando a la puerta y todo el momento que Zelda tardó en meter la llave y abrir el loft.

En un momento pesó que iba a lanzarle los zapatos a él y todo, pero por suerte no fue su cabeza rota sino alguna decoración del lugar la que sufría sus modos. La escuchó sin perder pasos, y sin creerse mucho lo que le decía tampoco. Ella jugaba, él también pero la verdad era que hace mil no se acostaban. Así que sin perder momento llegó hasta ella la tomó por la cintura apretándola hacia él para hablarle al oído - quiero todo contigo... me muestras la lencería mientras yo me emborracho - le dio un beso en el cuello y subió las manos pecaminosamente desde el estómago de Zelda hacia arriba, pero sin tocarle sus tetas gigantes porque le gustaba hacerse desear.

- donde está la bebida?... y  tus conjuntitos... - Se soltó de ella y le dio una palmada en el culo a la vez que se iba de espaldas hacia la puerta del dormitorio. Así de espaldas porque conocía el lugar y tampoco quería quitarle los ojos de encima a la pelirroja. Quizá era su noche de suerte y todo. Nunca se sabía con Zelda.
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Mensaje por Zelda Fay Sáb Ene 10, 2015 11:56 pm



Se soltó el cabello y sacudió la cabeza para relajarse. Entonces sintió el cuerpo cálido de Alfred pegársele a la espalda y recorrerla con las manos de forma lasciva. Ella estaba ligeramente aún bajo los efectos del porro que se habían fumado antes de tomar el taxi, así que recibió el abrazo con el gusto de quien lo recibe de un amante. Alfred y ella tenían eones sin compartir momentos de lujuria y deseo carnal, e-o-nes, y esa madrugada todo apuntaba a que esa sería la segunda vez. Sintió que se le erizaba el vello de brazos y piernas y que le temblaba el cuerpo. Vio el sillón blanco donde, días atrás, había estado sentada una persona muy distinta. Los recuerdos de esa fatídica tarde le calaron hondo. Ahora tenía más ganas de montarse a Alfred como si fuera una jodida valkiria. La pelirroja sonrió y esperó a que la soltara, cuando lo hizo le señaló el minibar.

¿No puedes evitar ser un patán vulgar, verdad? Está como en tu sangre — se fue a meter a su habitación donde rápidamente se quitó la ropa y se probó, con ayuda de la varita porque hacerlo con las manos haría que se tardara milenios, el primer conjunto, cuando salió recargó una mano en la puerta y la otra se la puso en la cintura— ¿Es mucho? Si… no creo que a nadie la vaya a ver ¿sabes qué? Me voy a cambiar, sí, tienes razón — lentamente dio media vuelta, provocándolo y sin chance a que diera su opinión.  

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Mensaje por Alfred Mayer Dom Ene 11, 2015 12:29 am




Mi sangre de dragón en celo — Le contestó como patán, para terminar haciendo puchero porque ella se encerraba en el cuarto y así no había forma de verla desnudarse. Se quitó la camisa porque siempre que podía se andaba desnudo y también los zapatos y fue hasta el minibar. Chusmeó un poco de todo lo que había ahí y se decantó por lo que parecía un licor, azul verdoso que jamás había visto y siempre era buen momento para probar algo nuevo. Para cuando ella salió estaba a punto de sentarse en el sillón, pero obvio que su acción quedó en la nada, con una mano en el respaldo y la otra sosteniendo la botella cuando Zelda salía así! ASÍ. Se le hubieran mojado las bragas si fuera niñita y usara calzones, pero ninguna de las dos cosas sucedían.

La miró de arriba a abajo con claras intenciones de no poder creérselo. Ella lo estaba buscando, claro que si. que ni pensase por un segundo que iba a presentarse de tal modo y luego ponerse arisca a demandar que se dejase pintar las uñas de rosa, porque no! - sh sh sh- le dijo para que se callara un poco. Pero ella no hacía caso y se giraba para irse. De inmediato sacó la varita y atascó la puerta mágicamente. Ella no llevaba nada más que su lindo conjuntito y no se podía conjurar un alohomora a puntas de dedos.

- Ven aqui... - le dijo desde su posición - ya - demandante, sentándose en el sillón, esperando que obedeciese por las buenas. Pero no contento con ello, también aplicó un pequeño accio sobre su cuerpo para no arriesgar, para que Zelda terminara frente a él, que sentado en el sofá no veía la hora de ponerle las manos encima. Dejó la botella a un lado y llevó una mano la pierna de Zelda - no quieras pasarte de viva... ven - y presionó con sus dedos el muslo para que se sentara sobre él.

Por alguna razón creía que todo eso iba a ser un juego. No sería la primera vez, que Zelda tiraba de la cuerda y luego nada. Pero hoy, pues... Llevó ambas manos a su cintura y se incorporó lo suficiente para darle un beso en el escote, en la redondez de sus tetas hermosas que Zelda sabía era como un fetiche personal para Alfred. recorrió con sus labios lo que la tela no cubría, y exploró con su lengua el sabor de su piel de veela. - hoy te follo. - le aseveró, presionado su cadera para sentarla muy bien sobre él y lo sintiera entre sus piernas.

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Mensaje por Zelda Fay Dom Ene 11, 2015 12:51 am



Estaba, de cierta manera, despechada. Las cosas con James habían terminado mal y esa noche estaba todo decidido. Necesitaba olvidarlo. El dicho de que “otro clavo saca a otro clavo” no es más que una falacia, sin embargo, para Zelda ahora era su lema de vida. Lo tendría que sacar a trabajo de andar clavando –metaforgásmicamente- hasta que no le doliera más. Quizá el que Alfred fuese el tipo más odiado por el susodicho jugador de Quidditch, era una completa coincidencia que servía de forma casi magistral para su venganza “carnal”. Por eso jugaba con fuego en esos instantes, se probaba negligés para una fiesta donde sólo era necesario ponerse un juego de ropa interior ordinario. Porque sabía que Alfred era de esos que se les atizaba el carbón con cosas muy sencillas y que se prendía con el menor atisbo de erotismo.

Sabía que él no la dejaría ir de forma tan sencilla. Sabía que acabaría por no entrar al cuarto, no todavía. Ahora que lo tenía justo donde lo quería, no alardearía de nada. No puso objeción a ninguna de las acciones tomadas hacia su cuerpo. Muy por el contrario, estaba bien decidida a acabar sin el jodido negligé, revolcándose en todos los malditos lugares de ese loft. Incluso no se le hacía raro ver a Alfred sin camisa y semidesnudo. Era precisamente su conducta habitual y la que necesitaba.

Vaya, tu sí que entiendes las indirectas — soltó para pasarle los brazos por el cuello y arañarle la parte superior de la espalda con sus uñas ligeramente largas, luego movió la cadera en círculos, haciendo fricción entre ambos sexos aún cubiertos por la ropa.


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Mensaje por Alfred Mayer Dom Ene 11, 2015 1:23 am



Un ahogado sonido gutural salió de sus labios al momento que Zelda empezaba moverse sobre él presionando su insipiente erección. Si, era un calentón, pero ella una semiveela, que rodeada de esa aura mágica podía hechizar a cualquiera con la sola mirada. Ya estarse moviendo sobre él, y poderla tocar a dos manos era como el paraíso. Le besó el cuello desde la clavícula hasta detrás del oído, afirmando que sí, pero ahí no había indirectas todo estaba más que claro. tan claro, como saber que de algún modo lo estaba usando, que se lo estaba permitiendo hoy porque ella quería y no porque él se lo hubiera ganado. Todas las semiveelas eran iguales, o al menos en su experiencia, se creían tanto!

Con la derecha acariciaba su muslo, llegando hasta su cintura, bajando para encontrar el filo de las ropas, colándose debajo del elástico de las medias que no pensaba quitar. Con la izquierda ascendió por su espalda hasta tomarla del cuello, reconocer con los dedos los cabellos pelirrojos y hacerlos a un lado, para que su boca tuviera campo libre. Lamió la tira del sostén y la deslizó con los dientes hasta que cayera por su brazo. Alejó el rostro para mirarla - me estás usando - y sonrió - entonces... yo también - Las cosas claras, que ninguno era bobo, mientras mantenía la distancia para con solo dos dedos acariciar el camino desde su hombro hacia la copa del sostén parando todo por el filo de las ropas, deslizándose hacia dentro de la tela para bajarla un poco y dejar un pecho desnudo y el otro después, sin sacarle la ropa. Acaso esa no era la función de las lencerías?

Eso iba a ser una tortura para Zelda, una tortura exquisita para ver quien sucumbía primero y le rogaba al otro por más. Dejó de mirarla a los ojos, solo porque tenía que comerse sus pezones otra vez, después de tantos años y tantas fantasías incumplidas. Los buscó lo la boca, casi a ojos cerrados, reconociendo las diferentes texturas, temperaturas, besándolos, lamiéndolos, presionando con sus dientes y volver al principio. No podía cansarse de ellos y tenía dos tetas hermosas solo para él. Sus manos se entretenían acariciándole los muslos pero ya empezaba a inquietarse, a querer ver con los dedos la suavidad de sus entrepierna, el borde de sus bragas coquetas. A colar el pulgar por el elástico para hacerse espacio y sentir la finura del huesito esquisto de la cadera que daba comienzo a la intimidad, sin llegar a ella. Porque eso era un juego y no era cuestión de perderlo.
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Mensaje por Zelda Fay Dom Ene 11, 2015 1:20 pm



El famoso “juego previo” podía tomarse largos minutos con ambas personas aún vestidas, cuestión que casi siempre acababa poniendo a las personas tan calientes que, cuando el acto per sé comenzaba, se volvía una desenfrenada lucha entre sábanas. Alfred comenzaba a hacer de todo eso tal lento, tan torturante que Zelda necesitaba aguantar las ganas de arrancarse el molesto negligé, quitarle a él el pantalón y follárselo ahí, en el sillón. Pero claro, eso no era lo que él quería y ya que se había dado cuenta de las verdaderas intenciones de la pelirroja, no le quedaba más que resistir y seguirle la pantomima hasta que ninguno de los dos pudiera ya más. Se regocijó con el tacto de su húmeda lengua sobre la piel sensible de su pecho y lo dejó continuar mientras sus uñas seguían enterrándosele en la piel. Fue cuando sintió su fría mano palpando la ingle que no pudo evitar un suspiro tembloroso. La semi-veela no dejó de movérsele encima, frotando y frotando el bulto de la entrepierna masculina que pujaba por salir y encontrar el calor del cuerpo ajeno. Si tendría a Alfred a su merced –simplemente para llevar a cabo su venganza psicológica, de alguna manera- le haría todas las cosas habidas y por haber, todo aquello que sabía lo aplicaría con él hasta que le rogara que se detuviera o que siguiera, hasta que explotara tan dolorosamente que su grito orgásmico le provocara la mayor satisfacción auditiva. Tendría que irse lento por ahora. Sólo por ahora.

Lo tomó de las manos, ambas, y las llevó hasta su propia espalda donde un listón negro unía mediante una trenza complicada, el negligé, para cerrarlo y ceñirlo al cuerpo. Entonces se acercó a él, casi restregándole su pezón desnudo y húmedo en la cara, le mordió el lóbulo y le recorrió la piel de detrás de la oreja con la punta de la lengua.

Si sigues así de lento, jamás lograrás quitarme esta porquería y el sillón es más que incómodo — se incorporó y lo guió, tomándolo de la mano, al interior de su habitación, cuando se encontró ahí, se sentó en el filo de la cama con ambas manos apoyadas en el colchón, luego jaló a Alfred tomándolo del filo del pantalón, pasó sus yemas por el abdomen bien formado hasta llegar a las líneas que direccionaban hacia las ingles, le pasó los labios por toda la zona abdominal, besándolo repetidas veces, entonces comenzó a jalar del pantalón hacia abajo, lentamente y se detuvo, miró hacia arriba para encontrarse con los ojos de Alfred. No le estaba pidiendo permiso para hacer lo que estaba por hacer, sino que quería ver el rostro de urgencia por que simplemente pasara.



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Mensaje por Alfred Mayer Lun Ene 12, 2015 12:03 am



Se dejó guiar y le dio el gusto de desprender un poco los hilos de aquel atuendo provocador, mientras ella se entretenía pensando amenazas y Alfred ni iba a opinar por que estaba muy ocupado devorándose sus pechos. Le tenían sin cuidado los tiempos, la ropa y las comodidades de princesa que Zelda reclamaba, le tenía sin cuidado sus ganas de tomar el mando, lo que si le importaba era no arriesgar de más con la paciencia de Zelda y quedarse sin postre, así que si, se incorporó y sin olvidar la botella de licor se dejó arrastras a la habitación.

Arrojó la botella sobre el colchón, botella que aun no había ni podido abrir y se paró entre las piernas de Zelda, como si le estuvieran por tomar una fotografía para el anuario porno de la universidad - todo a tu modo, no? - articuló con voz ronca, dejándose tocar y bajar los pantalones y quedaba literalmente desnudo frente a su rostro. Llevó una mano a sus cabellos, le acomodó la melena de fuego pero no la dejó probarlo. Primero se agachó haciéndose lugar entre sus muslos y la lamió sobre la lencería, juntando la humedad de su lengua con la de Zelda, mordió sobre la tela y jaló un poco ésta por jugar, para luego enderezarse y dejar que la pelirroja hicera con él lo que quisiera. Pero que quedara claro: primero Alfred, primero él decidía y ahora le daba permiso.

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Mensaje por Zelda Fay Lun Ene 12, 2015 12:17 am




Oh el erotismo. No había cosa que le pudiera más a Zelda. El acto de tocar, de acariciar y de insinuar antes de comenzar el acto del sexo, en sí, le parecía en extremo necesario. Por eso no había bajado el pantalón por completo hasta que la cara de Alfred le expresó su aprobación, no obstante, antes él tomó el control, internándose en la zona más sensible de su cuerpo para humedecerla, comérsela casi, para provocarla. La pelirroja no podía evitar retorcerse de puro placer ante las sensaciones que cada vez la empapaban más de deseo. Entonces ya no pudo más, lo despojó de los pantalones y sus labios fueron directos hacia él, cubriéndolo todo lentamente y luego retirar la cabeza, así una y otra vez. Se enfocó en hacerlo a un ritmo constante, a veces parsimonioso, y otros rápidos, con pujante voracidad. A veces cerraba los ojos para concentrarse, otras lo tentaba mirándolo retadora. Necesitaba hacerlo rogarle que se detuviera para tomarla sin más miramientos y de forma necesitada, pero para eso se tomaría su tiempo. Se sostuvo de sus piernas en forma de encontrar un apoyo y continuó su tarea evitando el cansancio o que se le entumiera la boca. De vez en vez parecía que chupaba una paleta con fervorosa devoción. Otras que estaba por arrancarle la virilidad.



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Mensaje por Alfred Mayer Lun Ene 12, 2015 9:11 pm

[quote="Zelda Fay"]


Esa era la mejor imagen que un hombre podía desear: los labios de Zelda haciéndose cargo de su cuerpo de manera ansiosa. Se estaba volviendo más loco de lo que había pensado, la pelirroja sabía lo que hacía y lo hacía muy bien, bajando el ritmo cuando él estaba a punto de tomarla por los cabellos desesperado pro acabar, y volviendo a reanudad con ansias cuando él se confiaba de que podía relajarse y disfrutar. Quería decirle tantas guarradas como era solo posible imaginar, pero su respiración se entrecortaba y solo atinaba presionarle el hombro a cinco dedos para que la pelirroja no se cortase ni un poco en lo que estaba haciendo, solo un segundo más y la follaría... solo un segundo más...

Le costó decidirse, pero era ahora o nunca. Se hizo un paso para atrás y recobró la cordura. Tomándola por la cintura para dejarla en medio de la cama, se arrojó sobre ella besándola en el cuello con los labios y los dientes - Estás hecha toda una puta... me encanta - Y bue, le tiempo pasaba para todos, todos habían aprendido cosas en esos años. Mordiendo llegó a sus piernas y se tomó el trabajo de desabrochar las ligas, para así poder quitarle las bragas sin deshacerse de nada más. Puso una pierna de Zelda a cada lado de él y le miró con descaro su intimidad llevando sus dedos a recorrerla sin piedad, y sin presiones, solo sentir sus labios abrirse para él, solo jugar con su parte más sensible porque Zelda era suya esa noche.

Ascendió con una mano hasta su cintura, la observó queriendo devorársela con la mirada y juntó sus cuerpos para penetrarla de una vez, sentir su interior, el placer de su calor abrazándolo y un gruñido de desesperación como corolario.
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Mensaje por Zelda Fay Lun Ene 12, 2015 9:40 pm



Alfred era… vigorizante. Se tomaba las cosas con calma, como si la procurara, sin embargo, la miraba con la lascivia de alguien que acaba de contratar una golfa por la noche. No es que a Zelda le importara que la viese así, de hecho le valía un reverendo pepino, para eso estaban ahí, para cogerse como animales, darse placer el uno al otro hasta explotar. Por eso se esmeraba en hacerlo sentir su boca, su lengua, sus dientes y hasta el paladar. Le devoraba la virilidad como si fuera lo último que se fuera a meter en la boca antes de morir. Cuando fue suficiente, Alfred la tomó por la cintura. Zelda sintió la comodidad de la cama bajo su espalda, su trasero. Sonrió satisfecha de haber logrado su cometido. Escuchó las palabras de Alfred y lo único que hizo fue gruñir, mirarlo como las leonas a sus presas y esperar a que le saltara encima. Le erizó el vello el simple acto de que las ligas de las bragas se resbalaran por sus nalgas y luego por sus muslos.

Entonces los dedos le provocaron un siseo fuerte acompañado del movimiento –más bien, retorcimiento- de las piernas. No gimió porque eso significaba permitirse sentir suficiente placer como para hacerlo que continuara. Pero no quería sus dedos jugando en ella, lo necesitaba a él, todo él. Y no requirió pedírselo, él solo se colocó en el lugar preciso, cercano al cuerpo de ella. La primera embestida, después de tanto tiempo pasado sin que él la tocara, fue sorpresiva. Arqueó la espalda pegando sus pechos al pecho de Alfred. Sus manos se crisparon y jalaron las cobijas, enterrando los dedos en la tela. Los muslos se abrieron al contacto invitándolo a ir más profundo. Y de su garganta por fin salió un gemido sonoro. Zelda miró a Alfred entre sorprendida, emocionada y con un poco, sólo un poco, de dolor. Ambas piernas se enredaron en la cintura del muchacho apretándolo hacia ella, obligándolo a profundizar. A sentirla. Era casi cómico que, después de tantas desgracias, terminaba en la cama con el fulano más loco y menos apto para desahogar las penas.

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Mensaje por Alfred Mayer Lun Ene 12, 2015 10:25 pm



Alfred también estaba sorprendido de algún modo, más que sorprendido emocionado, pero no tenía cabeza para eso, solo pensaba en llegar profundo dentro de ella, en desquitar sus ganas de mil años de volver a follarla, escucharla gemir para él, de sentirla desesperada bajo su cuerpo. Pero nada era suficiente. Con una mano la sostenía por la cintura para no perder el ritmo, para no perder las cercanías. Con la otra recorría su cuerpo vestido, su abdomen texturado por la tela, llegando a su culo a hacerlo un amasijo entre sus dedos, volviendo a subir para tomarla con fuerza excesiva del cuello y atraerla a él, respirarle en la cara y presionar sus torsos en uno contra otro, escuchar su respiración tan cerca como fuera posible.

- Gime para mi - le obligó mordiéndole la oreja, comiéndose su cuello. Iban a quedar marcas, claro que si, pero no le importaba. Empezaba a no importarle nada y eso era peligroso. No solía sacarse así, Alf era más bien divertido en buen plan, charlatán e incorrecto, no agresivo... Quizá eran los años de aguante, de verla pasearse por ese mismo cuarto en ropas sugerentes y nada más... Quizá la posición de inalcanzable que se había construido al rededor de su locura y amistad y que ahora ella parecía entregada y deseosa de él.... Quizá era la sangre mágica de Zelda o sus cabellos de fuego en contraste con la blanca cama... Quizá que no podía olvidarse de que todo eso sucedía porque ella quería vengar algo, y desde ese punto él estaba ahí en una situación de inferioridad que necesitaba saldar.

La soltó completamente, viéndola caer sobre la cama, observando el encantador contraste de su piel rosada y perlada de sudor, contra la plácida cama, de su lencería negra tan coqueta como mal arreglada que no cubría nada y a la vez la hacía estarse vestida aun mientras follaban, contra la simpleza de las sábanas blancas y arrugadas. Llevó ambas manos a su culo para apretarlo bien, para afianzar el ritmo final a su gusto, empotrarla hasta el fondo, hacerla gritar, lo más que fuera posible frenéticamente, sin piedad, porque su mente no estaba en cualquier lado, estaba ahí en medio de ese orgasmo a punto de suceder. Quería que se deshiciera en jugos, por él y para él. Y nadie más.
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Mensaje por Zelda Fay Lun Ene 12, 2015 10:55 pm



No recordaba haberse sentido tan cómoda cogiéndose a alguien. Con Abner había sido más bien una guerra de poderes, como los perros cuando se muerden y joden por marcar territorio; James, ese era tan delicado y cuidadoso que hacía llorar a las mujeres –no en el mal sentido- como el violinista que hace chillar su instrumento; De Kristján ni se acordaba, había sido tan rápido que se contaba como un “rapidín” y no más. Pero con Alf, tenía esa comodidad de mostrarse agresiva, pasiva, descontrolada y recatada al mismo tiempo. Conforme él palpaba su abdomen aún cubierto por suave seda y encaje, ella alzó una de sus manos y le tomó bruscamente uno de los brazos, sumiéndole las uñas en la piel, haciéndole daño, hiriéndolo porque quería que se enojara. Su fetiche, en esos momentos, era la violencia. Tendría que demostrarle a Alfred que ya no era la ingenua niña a la que se había tirado un día, la pudorosa Zelda Fay. Sino una mujer experimentada en toda la extensión de la palabra, que sabía exactamente dónde y cómo quería las cosas y que conocía que, para hombres como el que tenía encima de ella, uno que otro golpe podía resultar más que bien.

Fue tomada del cuello por la fuerza y ella se llevó una mano a la que la apresaba y la otra se aferró al hombro de Alfred para no perder el equilibrio. Forcejeó ligeramente, pues si le estaba haciendo daño, pero la mirada deseosa y casi retadora, no se le quitaba de la cara. ¿Cómo es que habían llegado a eso? Ella estaba llena de coraje, de impotencia, de venganza, estaba claro que desahogaría con su compañero de cama, las frustraciones que se almacenaban en su cabeza. Pero lo disfrutaría, cada segundo que pasara. Y lo obligaría, lo haría desearla más que a cualquier otra mujer. Porque seguro que él tendría muchas otras a quién follarse, pero nadie como ella.

Se dejó caer en la cama de nuevo y comenzó a gritar como loca conforme el ritmo aumentaba y la profundidad de cada arremetida. En un momento que estuvo a punto, comenzó a respirar dificultosamente, se agarró ambos pechos casi queriendo arrancárselos y luego se acarició con ansiedad la cara y luego la cabeza. La estaba enloqueciendo adrede, pero no acabaría tan pronto. No así. Se controló y se incorporó. Lo empujó para sentarlo en la cama. De un momento al otro, estuvo encima de él, con las piernas bien abiertas a los lados. Estaba sudada y su perfume natural, ese que desprendía como semi-veela, incrementó. Se sostuvo de él con un brazo, mientras que con el otro le apretó las mejillas. Entonces comenzó a moverse hacia arriba, luego hacia abajo y hacia la cadera de Alfred. Lento, muy lento. Le mordió un labio e inmediatamente comenzó a besarlo con brusquedad. Sus pechos se frotaban contra él conforme subía y bajaba. Ahora lo abrazó completamente y acercó los labios rojizos a su oído donde comenzó a gemir como si estuviera haciéndolo en secreto. Tras unos momentos se hizo hacia atrás, una de sus manos tomó aire y le soltó una cachetada. Le volvió a apretar las mejillas.

Grita mi nombre… grítalo muy… muy… muy fuerte


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Mensaje por Alfred Mayer Mar Ene 13, 2015 12:14 am



Tenía que tranquilizarse porque si no no iba a aguantar nada, y en verdad quería quedarse vivir a dentro de ella, era como si Zelda supiera como le gustaba verla, así sacada, tocándose a su misma, con gritos enloquecidos que a cada movimiento de su cuerpo deshacían más las sábanas de al rededor, y desparramaban sus cabellos sobre la almohada como si un fénix se estuviera prendiendo fuego frente a sus ojos. Era una visión exquisita, era mucho más de lo que había imaginado cuando fantaseaba con follársela en la cama que se pintaban las uñas mutuamente.

Fue un momento que cerró los ojos para concentrarse que ella aprovecho para cambiar posiciones. Una sonrisa apareció en su rostro porque él también quería lo mismo, quería verla en todas las formas posibles, quería descubrir lo que se había perdido esos años por esperarla. No. Ese pensamiento estaba mal. Fue un flash, sacudió la cabeza y se dedicó a verla montarse sobre él. Llevó las manos a sus piernas a acariciarla con cierta suavidad y dejarse manosear en todo sentidos. Movía la cabeza de un lado a otro como quien no quiere ser amordazado, y hacía como que abría la boca para morderle la mano infame que le mantenía la cabeza en el sitio que ella quería, mirando lo que ella quería. Pero no era una competencia a ver quien mandaba más, se sentía más como un baile coordinado donde ALfred disfrutaba tanto de exigir como de ser exigido.

- me estás matando - dijo entre jadeos, porque ella lo estaba haciendo exquisitamente lento y Alfred ya no podía más. Estaba perdiendo, y no le importaba, nunca le importaba en realidad él solo quería jugar y competir, divertirse y apostar, no importaba el resultado. Se dejó morder , se dejó besar. Algo que no habían hecho hasta ahora, por justas razones de que tenía un sabor especial. Besarse, devorarse los labios y llevar una mano a la nuca de Zelda porque si, porque quería que fuera más intenso, más profundo todo y no quería soportar la amargura de separarse de sus labios. La abrazó con la otra mano, muy fuerte, muy desesperado, pero tuvo que dejarla ir...

Y si no gritaba era porque no podía hacerlo, no tenía aire para eso, pero si cumplió empezando por - Zelda, Zelda - y agregando otras palabras que le gustaban más - Putita mia - le dijo con descaro, recibiendo orgulloso la cachetada, sonriendo y llevando una mano a sus cabellos largos, tironeando jugetonamente y cerrando los ojos, porque Ya... ya no podía más. Iba a acabar dentro de ella, y si! eso estaba haciendo. Merlín, si que estaba feliz!

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Mensaje por Zelda Fay Mar Ene 13, 2015 9:59 am



¿Qué demonio inglés la estaba poseyendo como para que se comportara de aquella manera? Pocos conocían ese lado posesivo y casi dañino de ella en situaciones como esa. Cuando comenzaba con su vida sexual, sus encuentros eran más bien ñoños y fofos, donde la voz cantante la llevaba el hombre porque ella apenas y sabía cómo “funcionaba” todo eso. Se escandalizaba con ciertas posiciones que no fueran la clásica del Misionero y no aceptaba usar material erótico, como mascadas, corbatas, antifaces. Pero de unos meses, quizá un año, hacia acá, ese había convertido en una mujer totalmente distinta. Ahora comprendía el poder que una mujer podía tener entre las piernas y lo importante que era saber hacer varias cosas. No bastaba con acostarse y dejar al otro hacerlo todo, si los cuerpos llegaban a compenetrarse y cooperaban, el acto podía ser no sólo divertido, sino una muestra de carácter.

Pensar que tenía premeditado acabar exactamente así con Alfred después del horrible evento de la Batcave, era como suponer que lo tenía todo fríamente calculado. Pero no, todo eso era un juego improvisado en el que redescubría al amigo con el que había compartido tanto. Cierto es que no era precisamente el hombre más cuerdo, correcto, honesto o el más adecuado, pero a fin de cuentas él ahí seguía con ella, a pesar de haberle hecho desplantes, de haberlo obligado a pintarle las uñas. Alfred ahí estaba. Seguía incrustándose en él, provocando que el ritmo cardiaco de ambos tumbara violentamente en los pechos y les dejara sin aire, como si se encontraran corriendo un maratón. Zelda notó que la voz de su amante –porque para términos exactos, eso eran – comenzaba a sonar evanescente, sacando el aliento de los rincones de sus pulmones. Ella estaba a minutos de no dar más.

Besar a alguien podía significar muchas cosas, todo dependiendo del lugar, el momento y la intención. A Alfred lo había besado infinitas veces, pero con la mera intención del juego porque, de cierta manera, antes de que todo eso pasara, seguía pensando que quizá no le gustasen tanto las mujeres. Pero ahora, que los labios se interponían, que las lenguas, más que sólo tocarse, danzaban encajando en ritmo, Zelda adivinó que, tal vez, estaba sintiéndose más cómoda de lo normal. Y eso podía ser muy peligroso. Decidió no volver a hacerlo, no por lo menos así. Se concentraría en acabar porque eso era prácticamente lo que los dos necesitaban. El jalón de sus cabellos no hizo más que encenderle más la mecha. Todo se le puso más sensible.

Y entonces terminó. Le tembló el cuerpo en una serie de espasmos que la obligaron a sujetarse fuertemente del cuerpo de Alfred. No gritó, tomó mucho aire y dejó salir un sonido gutural. Fue quizá tanta la sensibilidad que conoció, por primera vez, lo que se le llamaba “La Petite Mort”. Si bien no se desvaneció, le dolió tanto el pecho que casi podía pensar que se le había detenido el corazón. Pero no tenía tiempo para eso. Necesitaba respirar y quitársele de encima antes de que se corriera dentro.  Estaba demasiado delicado el tema de los embarazos, los abortos y lo mucho que aquello podía dañar una relación. No quería ahora perder a Alfred si eso pasaba. No a él. Sus ojos se movieron rápidos como pensando en que tenía que obligar a su cuerpo para quitársele de encima.

No… — susurró intentando quitarse del abrazo; intentó no sonar desesperada porque podría espantarlo, pero… la verdad es que si lo estaba. Pero su reacción no fue rápida, querer evitar el orgasmo masculino como si se tratara de una máquina a la que se pone en "Off" con apretar un botón, era como parar la lluvia con las manos. Si no lograba que acabara afuera, tendría que buscar la manera de explusar aquello de su cuerpo. Ipso-facto.




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Mensaje por Alfred Mayer Mar Ene 13, 2015 10:44 am



No era momento para racionalizar nada, no escuchó su "no", y si lo escuchó no atendió a ello más que como otro gemido monosílabo propio del sexo y el placer. Y el luchar por la posición lo mismo, aferrarse a sus brazos, para luego soltarlo, para luego... Así en esos momentos donde nadie sabe ya que más hacer porque lo único que pretende es hundirse hasta el fondo para que la electricidad ponga los pelos de punta y se te acabe el mundo a los pies. - si - respiró como burla pero en realidad no sabía de qué estaba hablando.

No fue hasta que la tomó por los brazos para acostarla a su lado y abrió los ojos que notó cierta cara de espanto que nada tendría que tener que ver con la situación... Preguntó sin hacerlo con los ojos un segundo, frunciendo la mirada hacia los de Zelda, pero se dio algo la vuelta para descansar un momento, pegar la espalda contra el colchón y ubicarse en situación. Que no fuera arrepentirse Zelda de todo eso, porque no! Él le había dado la oportunidad en el living, ahora no quería escuchar chillidos. Ya había sido benevolente con Ellie una vez y por más que fueran sus amigas había limites. Volvió a girarse para verla y tanteando la tomó de una muñeca con fuerza - que?... no me vas a decir que no lo disfrutaste.... - Claro, eh! que bien había estado la pelirroja dichosa en la situación, Alf la había visto y sentido en primera fila.

Se encimó más a ella y le mordió el hombro con suavidad, y luego más arriba, y luego el cuello y luego en la nuca, como si estuviera buscando ocultarle el rostro bajo su cuerpo a base de chistesitos dientudos. No quería ver caras de espanto. Quería fumarse un cigarrillo y lamerle las tetas y volvérsela a follar... y capaz después la acompañaba de compras... Pero igual, era Alf una buena persona, y no podía quedarse con la duda de que era lo que mierdaputamadre pasaba por la cabeza de la pelirroja. - dime! lanza la piedra... - le susurró golpeándose el pecho con una mano y acariciándole el cuello con los labios.

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Mensaje por Zelda Fay Mar Ene 13, 2015 11:07 am



Ya lo había visto venir en el rictus placentero que se manifestaba en la cara de Alfred. No había escapatoria, había terminado adentro justo como ella no quería. Pero es que se había dejado llevar de forma tan volátil, que se le olvidó por segundos todo lo acontecido con James, con George. Incluso se acordaba con espanto del retraso que tuvo por días cuando tuvo su encuentro extraño con Abner en el bosque. Claro, una vez que le vino el periodo casi lloró de felicidad, pero ahora estaba en las mismas. El tiempo pasó lento y de repente sintió la explosión tibia. Entró en pánico. No otra vez, no otra vez, repetía mentalmente mientras se separaban. Estaba tan absorta en el momento que no supo en qué instante Alfred la acostó a su lado. Como autómata, agarró las cobijas y se metió en ellas tratando de pensar. No pasaría nada, era uno más de la lista, tampoco era que fuese a embarazarse así nada más, podían pasar horas y quizá no pegaba porque no era su momento. Tenía que calmarse. Él ya la había notado algo nerviosa y lo que menos querían, después de semejante follón, era una escena de lágrimas. Alfred la tomó de la muñeca y Zelda no pudo evitar fulminarlo con la mirada para luego zafarse del agarre.

Cómo eres idiota — masculló entre dientes para luego gruñir y taparse la cara con las manos; estaba frustrada porque, no conforme con que no lo habían hecho con protección… ¡se había acostado con el hijo de su doctor!  Si sucedía otra vez lo que hace dos años, con qué cara iría a ver al Dr. Mayer para decirle “si, mire… si esta vez aborto por su culpa, sepa que era su nieto”. No, tenía que buscar la manera de no quedar en esas de nuevo. No de Alfred, por el amor de todo lo que es bueno.

Recibió las caricias con frialdad aunque por dentro se moría por devolvérselas a él. Estaba demasiado concentrada en sus pensamientos y enojada porque no le había hecho caso, como para ahora olvidarlo todo y besarlo hasta perder la noción del tiempo. No se quitó las manos de la cara, simplemente abrió el espacio entre los dedos y lo observó. En serio a veces podía ser un completo estúpido.

Yá… déjalo, no importa, ya lo hiciste y no es como si pudiera… sacarme todo como si se tratara de agua. ¡Ay por todos los santos, Alfred! — gritó frustrada — Todo iba bien… ahora voy a tener que tomarme no sé qué menjurjes para evitar acabar como Frances, con mocosos llorando y… pataleando… y…  ¡Arg! Eres realmente un estúpido — se sentó sobre la cama, quitándoselo de encima; tenía el cabello hecho un desastre — ya me quedé sin James y sin George, y ahora voy a pasar por el mismo jodido infierno gracias a ti… idiota — dijo para inmediatamente incorporarse y salir de la habitación en busca de los cigarros, necesitaba calmarse porque no pensaba soplarle todo el dramerío con aquellos dos para que comprendiera la gravedad del asunto.


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Mensaje por Alfred Mayer Mar Ene 13, 2015 12:20 pm



Ni hablar de que era el hijo del Dr. porque eso ya era tema de otra telenovela, y Alfred aun no terminaba de entender de qué se trataba esta escena, como para siquiera empezar a reprocharse las consecuencias de haberse acostado con una paciente de su padre... hdsbfhsadfhasñ. NADA. Porqué diablos se enojaba en vez de explicarse y ya! Si él le estaba dando el pie de buen modo, si la estaba acariciando y creando el momento. Pero no, la sangre de veela que tanto le gustaba también tenía esos condimentos explosivos y picantes. - ey, ey! - Ahora sí ya había entendido con lo del agua se le acomodó una ficha, con la mención de la slythering terminó de creer entender el drama.

Se pasó una mano por la cara riéndose. Si Zelda se hubiera dado vuelta en ese instante seguro que lo mataba de pura furia, ella hecha un lío y el riéndose como patán. Se acercó hasta ella para abrazarla por atrás pero Zelda lo rechazaba y se ponía hablar de James y de Jorge. Bufó de mal modo y se dejó caer en la cama, golpeándose la frente con dos dedos y chasqueando con la lengua porque no sabía ni por dónde empezar a ordenar sus pensamientos. No le hacía ninguna gracia enterarse de contra quien estaba compitiendo en esa cama, por más que pareciera que solo estaba ella y él allí, pero por el otro lado tenía que hacerse cargo de que se lo había buscado porque sabía las historias locas de Zelda, de ser su amigo, de haber trapazados el límite de la cordura acostándose con ella.

- puedes volver mujer?! - Le gritó y buscó la botella que él sabía había dejado por ahí antes de todo el desfogue. - TE DIGO QUE VUELVAS!!! - volvió a gritar y acotó riendo, quería bajar su mal humor antes de mandar todo a la mierda, agarrar sus pantalones y marcharse - y tráeme cigarrillos... por favor, mi vida, mi cielo mi diosa ninfa de los lagos... - abrió el licor y le dio un buen trago y luego otro, y un tercero... - Zelda... me estás escuchando al menos?... - que diera una señal auditiva por lo menos, si ella no iba a volver él tampoco iba a ir a buscarla. Se dirían todo a los gritos, pero no pensaba bajarse de la cama por un capricho de veela.

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Mensaje por Zelda Fay Mar Ene 13, 2015 12:39 pm



Se sentía sucia, pero más que eso, preocupada. Ya después se daría un baño, era lo de menos. Cuando salió y miró la sala de nuevo, la angustia le recorrió toda la carne. Estaba desnuda de la cintura para abajo con solo el liguero y las medias. No importaba el pudor. Observó la estancia como si toda la tragedia hubiera sido ayer. A James consolándola en el sillón y luego gritándole las cosas más hirientes antes de desaparecer por donde estaba el mueble de las llaves y el perchero. Todo por algo que volvía a repetirse como un círculo vicioso, sólo que en esa ocasión era Alfred el involucrado. Podía lidiar con no hablarle al jugador de Quidditch en su vida, también a George, después de todo les había provocado demasiado daño. Pero con el muchacho que estaba en la habitación gritando para que volviera, era otra historia. Por ahí, en el suelo, encontró los pantalones masculinos que inmediatamente agarró y se colocó encima. Le quedaban enormes. Caminó hacia la mesa de centro de la sala y tomó la cajetilla de cigarros. Valiéndole pepino la voz de Alfred, tomó un pitillo y lo encendió con tranqulidad. La primera calada le tranquilizó el cuerpo. Entonces volvió a la habitación.

Alfred estaba tan campante que le dio coraje. Incluso podía notar que se sentaba ahí burlón. Le aventó la cajetilla en la cara y se fue a quedar frente a una pared. No quería sentir a Alfred cerca o acabaría golpeándolo. O besándolo. O matándolo. O follándoselo de nuevo. Estaba muy confundida. Respiró varias veces mientras el cigarro se le consumía en los dedos. Apoyó la frente en la pared. Meditó las posibilidades. No podía ser tan grave. O sí. Dejó que se le cayeran los pantalones, lo cual resultó cómico desde una perspectiva que no era la suya. Volvió a darle una calada al cigarro y exhaló el humo contra la sólida pared.

Sí te estoy escuchando, ya te traje tus jodidos cigarros ¿Qué más quieres? — ya estaba más tranquila, lo que no quitaba su angustia. Alfred no tenía ni idea de sus antecedentes y que una chica de su edad hiciera tamaño rabieta por que se había venido dentro, era casi estúpido y muy risible. Pero para ella, que era altamente fértil por lo que sabía, no era una broma, era una realidad que le temía más ahora que nunca. Separó la frente de la pared, sin decir una palabra, se fue a sentar al filo de la cama y siguió fumando. Quizá Alfred comprendiera todo si le decía. Tomó aire y se apretó el corazón. Él podía ser un imbécil, pero no un insensible. — Ya estuve embarazada una vez. No necesitas que te explique con peras y manzanas qué es lo que sucedió como para que ahora no… simplemente… — se llevó una mano a la cara, la que no sostenía el cigarro — Olvídalo, no puede pasar nada. — suspiró y se dejó caer de espaldas en la cama. Se tendría que repetir esa oración una y otra... y otra vez hasta que se autoconvenciera.



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Mensaje por Alfred Mayer Mar Ene 13, 2015 1:20 pm



Estaba feliz de que Zelda volviese, y por ese sonreía atajando con el rostro de lleno la cajetilla de cigarrillos y revolcándose por la cama para encontrar su varita en el suelo, encender un cigarrillo para él, e invocar un hechizo que se aspirara el humo y las cenizas sin necesidad de arruinar el ambiente y provocar incendios. Una nube violacea espumosa que ahora perseguía su mano a veinte centímetros de distancia. Era un gran hechizo, uno de los mejores que conocía para las cosas cotidianas. Lástima que por estarse con todo eso se había perdido el espectáculo completo del culo de Zelda al aire y sus pantalones por las rodillas.

Reptando entre el mar de sábanas maltrechas fue hasta ella, a empujarla por la espalda, fregarle el rostro contra las costillas, buscar lugar en su falda como un perro abandonado que quiere caricias si o si de cualquier ambulante. Respiró profundo, pero no dijo nada y eso era respetuoso, aunque tuviera la mejilla pegada a su ombligo, y girara el rostro para besarle entre las piernas que aunque juntas seguían siendo sugerentes. - no lo sabía... lo siento - Susurró haciendo trompita con los labios. No se hubiera reído del escándalo si lo hubiera sabido... o quisá si... bueno. Ya estaba igual, ahora ya lo sabía.

- No va a pasar nada, porque yo no soy un crío de 15 años Zelda... -Ese era el punto por el cual a Alfred todo eso le causaba gracia y no espanto. La edad no hacía referencia a la edad de los amantes antes mencionados sino a una cuestión de que ya estaban adultos como para caer en esas equivocaciones. Que él tampoco quería tener un niño o mil, dados sus antecedentes, dando vueltas por ahí. Era un bobo, pero no un idiota, se tomaba las cosas a gracias pero no era irresponsable con las cosas que en verdad cambiaban la vida de la gente, sobre todo la suya!!. Que tal amanecer un día y cruzarse con una fulana que le plantaba un bebé en los brazos? Alf iba y se mataba directo. O sea, NO. Y sus padres eran medimagios. O sea, no. no iba sucederle - Yo me cuido, no voy dejando niños por ahí... poción de bayas de sauco.... -

Se impulsó con las piernas y se levanto del regazo de Zelda, de la cama, para ir a dar una vuelta por la habitación, fumar un poco y... - quizá deberías recomendárselo a los otros... y si no... está eso... como le llaman los muggles?... los globitos... - Alfred ni idea del mundo muggle, pero algo entendía, porque había cosas que sí le importaban, como poder follar a gusto. No fue a buscar los pantalones porque estaban en los tobillos de Zelda y tampoco le importaba estarse desnudo. Pero se rescaba la nuca como si no supiera bien que hacer... Terminó dando la vuelta a la cama para recuperar la botella y darle otro buen trago. Ella le había contado algo importante, algo serio y... simplemente Alf no sabía como seguir la conversación después de eso. Porque tampoco sabía en que papel tenía que pararse, el amigo de siempre? el hijo del médico? el enemigo de James?... el amante?... djsgkasdghkjsdhg

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Mensaje por Zelda Fay Mar Ene 13, 2015 1:48 pm



Era irreal. De un momento de mera comunión corporal, ahora pasaban a un momento incómodo en el que, mientras ella se sinceraba de la forma más abierta y delicada, él se lo tomaba como broma, paseándose por la habitación, haciendo caras como si fuera un niño chiquito al que le acaban de contar que a su amiga se le rompió una paleta y que ahora no se la puede comer. Zelda sólo lo miraba desde su lugar, acostada ahí en la cama que aún olía a ellos. Trató de encontrarle coherencia a la actitud de Alfred, pero simplemente no podía. Haber creído que tenía un mínimo de respeto era un enorme error. Era imposible, simplemente imposible. Sólo buscaba olisquearla, restregarle el cuerpo, pedirle atención. Era como una mascota, su amigo era una mascota.

La semi-veela se acomodó el negligé para cubrirse un pecho que asomaba ligeramente el marrón de la aureola de su pezón. Se subió los tirantes y los soltó sin importarle que le fuera a doler. Luego se paró de la cama sin decirle una palabra y buscó las bragas que estaba tiradas en la alfombra. Se las puso y se acabó lo poco que le quedaba de cigarro para luego ponerlo en el cenicero del buró. Levantó la ropa de Alfred que recogió como polluelo que come alpiste y se la aventó. No podía esperar comprensión de un muchacho que tenía actitudes infantiles, solamente acostones legendarios y no más. Zelda se fu a parar donde estaba el espejo, se acomodó el cabello sacudiéndolo entre sus dedos. Su reflejo era el de una muchacha incrédula, aliviada porque ahora sabía que Alfred podía venirse adentro de veinte mujeres y ninguna tendría un hijo suyo a menos que él lo quisiera –cosa que jamás iba a suceder-. Del mueble tomó un frasquito con perfume, del que se puso un poco en el cuello. Estaba perdiendo tiempo, distrayéndose.

A zancadas y con el negligé completo de nuevo, se fue a parar frente a Alfred. Ya sin tacones no se veía tan alta a comparación y tuvo que alzar la cabeza un poquito. Se le quedó mirando unos segundos y luego le dio una bofetada cargada de la pura y sola intención de lastimarlo.

Condones, preservativos, así se llaman Alfred. ¿Para ti todo en esta vida es un chiste no? — respiró un par de veces — Te encanta reírte de la desgracia de los demás aunque sea una situación delicada. Tómate las cosas un poco más en serio o vas a acabar solo. Ponte la ropa y vete, ya me quiero dormir y no quiero hablar más contigo. — escupió para irse a sentar al sillón. Esperaba que se pusiera la ropa y se fuera de ahí. A fin de cuentas ya no tenía por qué preocuparse y Alfred había logrado el cometido de volvérsela a follar sin la necesidad de una apuesta.





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Mensaje por Alfred Mayer Mar Ene 13, 2015 3:27 pm




Y ahora? que había hecho? si solo estaba caminando como un idiota de un lado a otro, siquiera la miraba y no... agggggrrrr No entendía una mierda. Mejor dicho no quería entender, porque si hubiera querido lo hubiera entendido, pero estaba enfocado en sus propios pensamientos de hombre como para trasladar su mirada a los problemas de Zelda. No sabía que postura tomar, no le daba igual que hacer y eso estaba mal. Y seguía cabreado de que ella hubiera mencionado a los otros. Al idiota de James que no valía nada y al estúpido de Jorge que menos aun pesaba. Era una idiotez grande como Brigantia todo eso, si Alf ya sabía que se la estaba follando porque ella quería, porque ella seguro estaba desquitándose de algo.

Dejó de fumar justo para recibir la cachetada limpia. Su cigarro se esfumó como la nube violeta evanescente al tiempo que volvía el rostro a su sitio para verla irse al sillón. Era de película la escena: pasillo de por medio al menos 5 metros, ella en el sillón blanco con el negligé negro, él parado al otro lado desnudo. Ella diciendo idioteces, él mirándola con odio. Patió las ropas como si en una cachita de futbol tuviera que devolverle el balón al equipo contrario que acababa de meterle un gol y volvió a repasarse el rostro a dos manos, a bufar y a avanzar hacia Zelda.

No le iba a decir que estaba loca, porque eso solo lo hacía cuando eran bromitas y buen humor, en medio de una pelea era herir de más sobretodo si ella se lo tomaba como de quien venía, alguien que sabía bien de sus cosas médicas de San Mungo. Pero igual quería gritarle a la cara barbaridades. - tu, tu , tu - Se agachó hasta posar una mano en el sofá y con la otra le señalaba con un dedo que insistente como sus palabras mancillaba el lugar del corazón. - No tengo idea de que mierda has hecho para haber buscado esto... pero Tu me follaste, tu me invitaste a tu casa, tu hiciste lo que querías hacer, así que no te pongas en digna como si yo estuviera abusándome de la situación. - Aclarando, primero. Él había dormido mil veces ahí, observadola pasearse en sus falditas coquetas y nunca se habían acostado. Si sucedía ahora era porque ella había querido. - no me vas a echar como un perro a la calle porque así eres tu la que se quedará sola. - Y eso tenía muchas implicancias, no solo la literal de esa noche, Zelda venía a hablarle de soledades cuando ella se había acostado con el padre del hijo de su prima? O SEA! que estaba buscando? que todo dios la odiase? Pero también había otra cosa implícita que era que Alfred no se quería ir, no se pensaba ir y no iba a dejarla sola... casi que no iba a dejarla ni esa noche ni otra. Que por lo menos era su amiga de siempre. Y siempre la pasaban bien y... la quería carajo! como la quería Ellie como quería a todos sus amigos.

No sabía que hacer, ni donde poner las manos así que volvió a incorporarse y a refregarse la cara. No le gustaba habalr serio, le gusta hacer bromas, toquetear a la gente, ser feliz fumarse un porro, dejarse mariconear con esmaltes de colores y desfilando zapatos de tacón. Sacarle sonrisas a la gente, no dar lecciones de vida. Pero Zelda quería que la maltrataran, eso era... Y ahí se volvió a buscarla. .- Ya! Ya lo se!.... ya ya ya entendí, lento pero seguro.... Ya se lo que buscas ahora... el revolcón no fue suficiente...Claro! no era como esperabas!... Tu quieres que yo te maltrate como esos idiotas te tienen acostumbrada... Pero no Zelda, yo no soy así, no voy a actuar así contigo ni con nadie y lamento mucho si eso era lo que esperabas sacar de mi de todo esto. Si quieres follar para que te dejen luego tirada por ahí con la panza llena de huesos y  sentirte una mierda porque eso te queda cómodo, pues... NAH! -

Y se fue al dormitorio de nuevo a buscar los cigarrillos. - Volvamos a lo de ir de comprar y maquillarnos la cara y listo - Y listo, punto, completó de espaldas sin gritar así que su voz apenas si debía oírse....ahí nada había pasado y ya.

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Mensaje por Zelda Fay Mar Ene 13, 2015 4:01 pm



Si alguien los hubiera visto, pensarían que son un matrimonio apenas comenzado por la forma en la que se peleaban. Zelda era extremadamente orgullosa y Alfred tenía un temperamento de perros, era difícil que llegaran a un acuerdo cuando estaban enojados –y esa era la primera vez que se enfadaban con el otro después de que la pelirroja supiera lo de la apuesta entre él y Ellie-. Para ella era necesario que un amigo la comprendiera, que la abrazara, que le dijera que todo iba a estar bien, carajo, que a pesar de sus estupideces, le alentara a hacer cualquier otra cosa. Ahí todo había sido al revés, primero se cogieron hasta que se les relajaron las raíces de las muelas y luego hablaron. Aquí, a diferencia de las matemáticas, el orden de los factores sí afectaba el resultado. Zelda estaba encabritada y no se sentía con la necesidad de hablar, sino de dormirse o beber y fumar hasta que le dieran las seis de la mañana y se encontrase sola con un nuevo día para actuar sin planes, como el viento la condujera. Pero no podía hacer nada de eso porque Alfred seguía de necio estorbando su espacio personal. Era tan terco como ella.

Fumó sin hacerle caso, mirando hacia la ventana larga y grande que conformaba toda la pared principal que daba hacia la ciudad. Estaba todo oscuro afuera y se podían apenas ver unas luces entre la penumbra. Vio de reojo cómo volaba la ropa de Alfred hasta estrellarse contra la mesa. Ella ni se inmutó. Fue hasta que la señaló y lo tuvo muy cerca que volteó para mirarlo. Ante su enojo lo único que hizo fue sonreír con sorna. En efecto, ella lo había invitado, ella se lo había follado y era su decisión que los dos estuvieran ahí en esa situación. Pero era su casa, SU CASA y ella decidía quién se quedaba y quién se iba. Estuvo a nada de responderle cuando escuchó la parte final, que le dolió profundo. Asintió con la cabeza y apagó el cigarro en la superficie vidriosa de la mesa, sin molestarse en atinarle al cenicero. Sin quitarle la vista de encima, se paró del sillón furiosa, rodeó los muebles, con toda la intención de darle de puñetazos hasta que se cansara. Se paró en seco. Ya iba a empezar con sus jodidos discursos burlones, lo que la encabronaría más. Más lo que soltó a continuación si le dolió, le dolió tanto que ya no tuvo el valor ni el coraje de apretar los puños y alzarlos contra él. Y le dolió porque tenía razón. Hasta ahora, se había demostrado fanática del dolor y no sólo el físico, sino el emocional. No podía vivir con la gente en paz, sino que tenía que hacerles la guerra para sentirse satisfecha. Lo había hecho con Ellie, aunque ella no supiera, al tirarse a su ex pareja; lo había hecho con James al intentar enjaretarle un hijo que no era suyo; lo había hecho con George al ocultarle lo del aborto y todo el asunto; lo había hecho con su madre al no dirigirle la palabra en tanto tiempo. ¿A cuántos les había declarado ya la guerra?

Ahí, parada en medio de la sala, patética como siempre, se quedó mirando a Alfred deshacerse en palabras muy hirientes. Le lagrimearon los ojos pero antes de que una sola gota cayera, se frotó la cara y se despabiló. Estaba siendo un completo hijo de puta y lo peor es que no se daba cuenta de cuánto la lastimaba. Lo siguió al cuarto y lo pasó de largo, tomó la varita de su buró y comenzó a cambiarse ahí, frente a él. Ya el pudor a ninguno de los dos les interesaba. Se puso los primeros pantalones que encontró, la primera blusa que se le cruzó y unas botas sencillas. No iba a salir, pero ya no quería que la viera en esos retazos provocativos. Se dio media vuelta y se le puso enfrente.

Tu maquíllate, payaso. Píntate las uñas y sigue actuando como un niño, que a fin de cuentas te queda el papel. Si tanto me quieres probar que me voy a quedar sola y tus teorías con respecto a mí y mis relaciones, felicidades, ya lo lograste. Ni contigo puedo contar. Haz lo que quieras, quédate, duérmete, vete a comprar ropa, me da igual. — se le entristeció el rostro — Soy una pésima persona según tú, no sé qué sigues esperando aquí. Ya lograste lo que siempre querías ¿no? Corre, ve y cuéntale a Ellie que lo lograste dos veces, no una, DOS. Te follaste como dios olímpico a la estúpida Zelda Fay y, aparte, la hiciste sentir mal. Te sacaste el premio mayor. — y en efecto, le daba igual lo que fuera a hacer a partir de entonces, ella se encaminó hacia el mini bar, agarró la botella de cristal que tenía el bourbón un vaso y se volvió a sentar en el sillón, a beber porque no tenía nada mejor qué hacer.






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Mensaje por Alfred Mayer Mar Ene 13, 2015 9:50 pm



Si quería un amigo esa noche, tendría que haberle hablado primero, quedarse vestida, o rechazarlo y a lo sumo follado después, pero ahora ya estaba hecho y no modo había de ponerse a racionalizar todo eso, medios desnudos, algo vestidos, a los gritos, los cigarros, las amenazas, el alcohol. No había querido hacerle daño, claro que no, pero sucedía porque no tenía ni puta idea de todo lo que se estaba cociendo dentro de Zelda en esos días, en esas horas, en esos instantes que se la veía, fúrica, pero triste y pensante. Como si la mente de la pelirroja fuera una máquina de la que en cualquier momento se iba a salir un tornillo y toda la Zelda que conocía iba a despedazarse en partes ahí mismo, ante sus ojos, a los pies de su cuerpo desnudo.

Se prendía el cigarrillo y la miraba de reojo vestirse. Fumaba intenso sin que ni la nicotina le sirviera de una mierda para aclararle la mente, o darle ideas o... si, mejor se largaba y ya. Estaba en ello pero ella se le puso en frente, tergiversó todas sus palabras, todas y cada una. Porque él no había dicho ninguna de esas mierdas que ahora salían de su puta boca carnosa. Suspiró hacia abajo y la dejó terminar de hablar, que seguro le hacía falta tener un espacio donde como una pared alguien se quedase a recibir los golpes. Que si, que dijera lo que quisiera, que él aguantaba, aguantaba porque ... por costumbre, o algo.

Tomó la botella de la mesa de noche, esa que estaba por la mitad, tomó su varita, tomó una almohada, fue hasta el living y agarró sus ropas, así todo un bollo entre sus manos. Ni la miró, ni resopló, ni dijo ni MU. Simplemente hizo un bollo con todo y zapatos, y así! a culo desnudo abrió la puerta del departamento y al pasillo no más! A cagarse de frío en el puto pasillo del edificio! Eso si, la puerta la cerró con fuerza, con ganas, con todo el ímpetu que tenía. Se puso los pantalones, no era cuestión de infartar a los vecinos, dejó caer la almohada y se recostó sobre la puerta a dormir. NO, a tomarse lo que le quedaba de la botella de licor y dormirse con una peda aburrida hasta la mañana siguiente. El pasillo no era SU casa, así que que no viniera a joderlo! Puta madre!! tendría que haberse robado una manta también.

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Mensaje por Zelda Fay Mar Ene 13, 2015 11:38 pm




Eran niños, los dos. Cierto, el enojo de Zelda era justificado por muchas razones, pero también la conducta de Alfred. Nadie podía decir que estaba obligado a entenderla, mucho menos tomando en cuenta que era su amiga mujer. El género femenino siempre podía ser un dolor de cabeza, sobre todo porque sus mentes no maquinaban de la forma tan práctica de un hombre, no, ellas le buscaban veinte puertas a un cuarto con seis ventanas, así de complejas eran todas. Por eso era natural ver que el pobre ex Gryffindor terminara haciendo bola sus cosas –una perfecta metáfora del estado real de su cabeza- para salir al pasillo y quedarse ahí, como un perro que hace guardia. Claro, la pelirroja estaba tan ensimismada en su enojo que no volteó más que cuando escuchó la puerta cerrarse. Entonces aventó el vaso al otro lado del sillón, donde rodó y terminó cayendo sobre la alfombra. Estaba haciendo un genuino berrinche que siguió con su mano empinándose el bourbón como si se tratara de refresco. Frunció la boca mirando hacia el frente. Necesitaba meditar, pensar un poquito en lo que estaba pasando. Miró hacia su derecha, donde estaba un mueble con un florero y, justo al lado, el tocadiscos viejo de su abuela paterna. En ese tocadiscos sólo había un vinilo de una banda viejísima como el tiempo mismo llamada The Ink Spots, igual, regalo de la abuela Fitzgerald. Con un movimiento de varita hizo que la máquina comenzara a tocar sola. La primera canción se llamaba I Don’t Want To Set The World on Fire, un título muy largo pero adecuado para el momento.

¿Qué estaba haciendo? Comenzaba a alejar a todas las personas que quería y con qué razón. Se quedó mirando una de las formas de la alfombra mientras escuchaba la canción. I don’t want to set the world on fire, I just want to start a flame in your heart, In my heart I have the one desire, and the one is you, no other will do. Zelda empinó otro trago del líquido ambarino. No estaba enojada con Alfred, estaba encabronada consigo misma, porque parecía que tomaba las peores decisiones del mundo. No, no parecía, tomaba las peores decisiones del mundo. Actuaba como si el libre albedrío fuera también libre de remordimientos y moralidad. I've lost all ambition for worldly acclaim, I just want to be the one you love, and with your admission that you feel the same, I’ll have reached the goal I’m dreaming of. Meditó en el discurso de Alfred. No tenía nada de malo, de hecho, era lo que necesitaba oír y eso le había enojado tanto, que había requerido que alguien más le dijera lo que estaba haciendo mal. Y una vez más ¿qué estaba haciendo? Le quedaban tres verdaderos amigos, Marie, Ellie y Alfred. A Marie jamás le haría daño, primero se clavaba un dardo de heroína directo en el cerebro antes de jugarle una mala pasada. A Ellie, a pesar de que a veces no le cayera tan bien, la quería genuinamente y en serio pensaba en ella constantemente, el meterse con Abner era un error y pensaba compensárselo. Y ahora a Alfred lo corría de su casa por cuidarla, en primera, y por decirle sus verdades.

¿Qué carajo estoy haciendo? — preguntó para sí misma en voz alta. Nunca, jamás hacía esas mariconadas de vivir las fantasías de película y ahora estaba decidida a hacer una.

Dejó la botella de bourbón sobre la mesa de la sala, tomó su bolsa, se colocó los botines, la chamarra del perchero y, como muggle acostumbrada a las cosas complicadas, las llaves del departamento. No detuvo el tocadiscos, dejó que la aguja siguiera tocando. Abrió la puerta y no pudo creer lo que encontraría a sus pies. Con el jalón de la puerta, el cuerpo de Alfred cayó hacia atrás, justo encima de los botines de Zelda. Pensaba en ir a corretearlo por todo Londres de ser necesario, pero no, estaba ahí, afuera del departamento en el frío pasillo del edificio. Zelda se quedó sorprendida. Los dos estaban igual de locos e igual de cuerdos. No lo pudo evitar y se soltó a reír, a carcajada sonora que hizo eco por el pasillo. Cuando le empezó a doler el estómago de la risa, tuvo que sentarse en el suelo, justo en el umbral de la puerta de entrada al loft. De vez en cuando las risotadas le provocaron un curioso sonido como el que emiten los puercos. Cuando se calmó un poco y pudo tomar aire, notó que lloraba. Pero de risa.

Ay… ay de mi estómago — se quejó antes de aventar la bolsa al interior del departamento — Lo siento, Alfred. En serio, soy una tonta. Una tonta muy grande. — finalizó con toda la sinceridad que le podía caber en el pecho.



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